MATERIA OSCURA

Solo show curated by Daniel Contreras
Galería Enlace, Lima, Perú. 2012
Técnica. Lápiz sobre Tela

Materia Oscura

Materia oscura: manchas en la visión

Por: Daniel Contreras

Tú no me ves desde donde yo te miro”. Jacques Lacan

En algún lugar del universo se desplaza una hipotética materia que no emite suficiente radiación electromagnética, por lo que los astrónomos no pueden detectarla. Sin embargo, lo que permite confirmar su existencia es el rastro que deja en la gravitación de aquellos cuerpos celestes que se cruzan en su camino.

En algún lugar de nuestro planeta, en alguna ciudad como Lima, una mirada recorre otros cuerpos, los analiza y contempla y ninguno de los observados puede ver su procedencia, ni sentir su atención o imaginar hasta dónde son auscultados.

Es la vista que no logra ser vista, que va creando y modelando al otro. Ritual antiquísimo durante las primeras sociedades: auroral por su carácter de descubrimiento. Presencia que también deja rastros por donde vaya, huellas que interfieren súbitamente con la ilusión de intimidad o soledad que podamos tener apropiándose de una representación de nosotros, que quizás nunca podamos conocer.

La técnica siempre fue aliada del ojo, y ya sea en cavernas, casas o templos no faltó un instrumento que permitiera prolongar lo visto hacia un soporte en el cual perennizarse. Dame un lápiz y parafrasearé el mundo (pero también déjame observar lo oculto: quiero ver).

“Lo visible no es más que el conjunto de imágenes que el ojo crea al mirar”, nos recuerda Eulalia Bosch en el prólogo de Modos de ver, de John Berger, “la realidad se hace visible al ser percibida”. Entonces, la mirada hace al cuadro. Es el arte de la invención.

Y es precisamente hoy gracias al vértigo de los avances tecnológicos y la masificación de las distintas formas de intercambio de imágenes, que este modo de mirar amplía sus goces incluso hasta lo prohibido, traspasando el ver y el apropiarse. Dominar y cosificar es el estigma de este ojo que te otea, te piensa, te captura.

¿Cuántas veces hemos creído estar solos en medio del mundo sin imaginar que alguien nos está analizando, recorriendo, fotografiando, grabando o dibujando? Los motivos quizás, tampoco los sepamos.

Pero la sociedad censura aquella mirada que conscientemente se solaza en momentos e imágenes ajenas, es una materia, un tema oscuro, sin embargo, le otorga espacios de reflexión al margen de la vida. Espacios como el del arte.

En una de las escenas más divertidas de Love Exposure, película de Sion Sono (2008) el maestro Lloyd instruye a sus alumnos al iniciarlos en la ciencia de tomar fotos a escondidas de las mujeres: “El arte de la fotografía voyeur es conocido como Tosatsu, que significa robar con fotos. Es un acto divino. Pero cualquier acto de santidad es castigado por los demás, ¡así como Jesús fue castigado!”.

Para Joan Fontcuberta, quien resalta el filme en sus más recientes conferencias, “el auge de este coleccionismo psicopatológico expresa a su vez las emociones de una cacería como juego de transgredir los límites del pecado en la mirada”. Cazador y presa al fin y al cabo. Como los anónimos fotógrafos incidentales que recorrían entre los años 1940-1970 afanosamente las calles de Lima en busca de clientes (la mayoría mujeres) para capturarlos súbitamente, a la “manera salvaje”, en pleno andar, el gesto desprevenido y luego venderles su propia imagen. Sin embargo, lo que hicieron fue generar para el futuro una forma distinta de ver al otro.

Y es realmente aquí, que podríamos referirnos a una mirada perversa y creadora, pero a la manera de Catherine Millot, quien en su libro Gide Genet Mishima, analiza así la inteligencia de la perversión: “Son perversos, y no en un mal sentido de la palabra; designamos con ella una habilidad particular para hacer uso de un poder que no es menos fundamentalmente humano: el realizar el único milagro que vale la pena, transformar el sufrimiento en goce y la falta en plenitud”. Y eso también es arte.

De cómo el fisgoneo se hizo dibujo

En Materia oscura, su sexta exposición individual, Pablo Patrucco (Lima, 1975) vuelve al dibujo tras ahondar en otros registros, desplegando su interés en la apropiación de los instantes y la imagen ajena, bajo un gesto que “sana” y “poetiza” la práctica oculta de la observación. Asume, como creador, el papel de la mirada de quien observa sin ser visto y cual cazador de imágenes recorre la ciudad en busca de presas.

Este es su homenaje al rastro que deja el negro grafito, el trazo detallista del lápiz, el poder expresivo del negro sobre blanco en ese ritual casi primitivo-casi romántico de trazar y delinear.

Rito que en el caso de Patrucco se volvió de una obsesión tal que lo llevó a buscar y capturar furtivamente a decenas de jóvenes y adolescentes en situaciones desprevenidas con una mirada realmente fotográfica en pos de crear no un registro, si no, “el gran registro” en el que cada pieza, cada persona capturada, vaya conformando el cuerpo orgánico de un documento social. “En pos del dibujo que termine retratando una ciudad entera”. La materia oscura de nuestra imagen, contenida en el alma negra de un lápiz.

Si bien, la primera motivación de Patrucco para esta “captura” fue toparse con la existencia del tosatsu, en el proceso de la exposición cuya constante más que el goce erótico es el gozo por el instante preciso de la imagen, surge la referencia de los modernos paparazzis, otro aspecto de la apropiación visual de una realidad ajena.

Precisamente, sobre este tipo de realidad: técnicamente para muchos Pablo Patrucco es un pintor cien por ciento hiperrealista. Es el término que ha caracterizado su desarrollo artístico en los terrenos que Richard Estes, Malcom Morley, Audrey Flack o Robert Bechtle abanderaron en la Norteamérica de los años 60. “En realidad casi nunca me ha interesado llegar al hiperrealismo, lo que me encanta y me motiva es crear una propia realidad, un umbral anterior, mi propia realidad filtrarla a través de los ojos y plasmarla con mis manos”, aclara en una entrevista del año 2009.

Realidad virtual en el lienzo. Y es que Patrucco, uno de nuestros artistas de mayor destreza en el dibujo, logra capturar instantes de espíritu fotográfico que en la tela, adquieren un aura distinta: la técnica como condición de la imagen. Un desarrollo nada simple y más bien lleno de sugerencias para el espectador. Más allá de su apego a la realidad, Patrucco no solo es un trazo reflejo, encarna más bien una profunda reflexión sobre el entorno que nos rodea: el microcosmos de Lima y sus habitantes. “Paseo Lima, reviso Lima, consumo Lima todo el tiempo, para tratar de extraer mi propia lectura de la ciudad”.

Y entre ellas, la de una urbe que va cerrando puertas a historias en extinción como la de los fotógrafos incidentales, la de los minuteros de plaza, o la de los dibujantes ambulantes, que son el referente social que amplía los niveles de la mirada de Patrucco y que forman parte de esta exposición en un juego de planos: “un dibujante dibujando siendo dibujado”. El arte como forma de rescate del olvido.

Ser transeúnte, caminante con capacidad de asombro en una ciudad saturada de imágenes, es lo que ha marcado varias de las distintas propuestas de Patrucco. Una iconografía muy contemporánea de escenas y situaciones. “En realidad transito Lima muy a menudo, trato de obligarme a visitarla siempre. Es una misión, la de recorrer diferentes puntos en busca de imágenes que llamen mi atención”, reitera.

Homenaje a la apropiación

Hoy una materia oscura se impregna en la mirada fascinada por el otro (los otros), construyendo mediante la suma excesiva de elementos (son alrededor de doscientos cincuenta dibujos en una de las salas) un sistema de planos y niveles emocionales muy complejos dentro de la aparente sencillez y trivialidad de la situación. Ofrendas humanas cual espejos para vernos.

Ninguna de sus obras es una naturaleza muerta, ni un paisaje pasivo o un encuadre apagado, en sus cuadros hay un furor contenido, muchas veces un instante capturado entre la acción pasada y la próxima reacción. Patrucco no pretende aquí ser un cronista del mundo real, mucho menos un constructor de realidades, más bien, es un deconstructor, que nos va proponiendo una disección del proceso que le llevó a esa imagen que nos presenta. Incluso congelando en resina, reteniendo en pleno ardor los instrumentos utilizados para producir las series expuestas.

Ahora entendemos donde está el verdadero goce de su mirada promiscua: en el placer solitario de la producción de estas imágenes, al traspasarlas en líneas, al rellenar con anónimos registros el espacio vacío del lienzo, y contemplar el resultado. “Al tenerlas juntas, reunidas en un cuerpo mayor, es cuando aparece el gozo mayor: el conjunto es el gozo supremo”.

¿Es importante la belleza estética de su trabajo final? ¿O lo es el mensaje que nos trastorna las distintas formas de ver que poseemos? Todo en la reciente producción de Patrucco, forma parte de este juego visual propuesto.

Entonces vuelve a dejar abierta la posibilidad de múltiples lecturas, incluso al engrandecer a través del arte temas que a muchos perturba, y otros ocultan. Nos guía hacia ángulos o respuestas que pueden surgir de la personal interpretación del espectador ante sus nuevas obras. Obras con las que nos interroga, subvierte nuestros consensos colectivos, se abre paso como un nivel más en el devenir de una sociedad, ahora global, que se ve a sí misma y sale a flote reconociéndose como materia prima para un horizonte claro e inteligente.

Hasta que la materia oscura del espacio, nos devore (o nos vuelva a crear de un solo trazo) a todos.

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